Los franceses Komodor regresaron a Zaragoza por tercera vez. Lo hicieron en el marco de una intensa gira peninsular que incluyó tres fechas junto a los suecos Hallas y siete paradas en solitario. He tenido la inmensa suerte de presenciar sus tres visitas a nuestra ciudad. Imposible olvidar aquella primera vez en la que apenas nos juntamos siete personas en la sala. Desde entonces, la banda no ha hecho más que evolucionar, crecer y demostrar que lo suyo es pura superación.
Antes de que los músicos tomaran sus posiciones, una intro instrumental cargada de reminiscencias disco y glam —muy al estilo de los T. Rex de Marc Bolan— caldeó el ambiente. Acto seguido, el quinteto irrumpió en escena luciendo una indiscutible estampa setentera: melenas, flecos y pantalones de campana que anticipaban el viaje sónico que estaba por comenzar.
El inicio fue un auténtico torbellino eléctrico que tomó al público por sorpresa. Temas como “Soul Tricker”, “Hard to Deal” o “Raise Your Hands” inyectaron una dosis de furia instantánea en la sala. Gran parte de este magnetismo recae sobre su bajista, Goudzou, un frontman descomunal que hipnotiza y contagia su energía de forma brutal. Su instrumento ruge con la solvencia de unos Grand Funk Railroad en su mejor época, mientras que su voz evoca un cruce perfecto entre el desgarro de Chris Cornell y la épica de Ian Gillan.
La cohesión de Komodor sobre las tablas es total. Son una fuerza de la naturaleza disparando ráfagas de Hard Rock clásico con una soltura envidiable. En algunos pasajes, la guitarra y la voz de Slyde Barnett nos trasladaron a la crudeza de The Who, para luego mutar con naturalidad hacia el compás de Humble Pie o Free. Hay una compenetración asombrosa entre los miembros originales —Goudzou, Slyde y Ronnie Calva, quien domina la guitarra y la pandereta con maestría—. Ninguno se queda estático; saltan, se mueven y bajan a tocar mezclándose con los asistentes.
En la sala de máquinas, el baterista Elrik Monroe ofrece una pegada demoledora. Sus ritmos infernales y su robusta pegada construyen un muro de sonido blindado junto al bajo de Goudzou, alcanzando picos de contundencia dignos de Deep Purple o los momentos más pesados de Rush.
El repertorio estuvo perfectamente equilibrado entre sus dos trabajos discográficos: Nasty Habits (2021) y el reciente Time and Space (2026). Canciones como “Mamacita”, “Nasty Habit” y “Believe It” atronaron el recinto, enamorando a los presentes gracias a su factura impecable.
Mención aparte merece el guitarrista Melin Le Bigot. Aunque su actitud más introspectiva y distante contrastaba con la extroversión del resto, su ejecución técnica fue deslumbrante. El clímax de su aportación llegó en “Fall Guy”: bajo una iluminación tenue y un limpio juego de contraluces, dibujó con su guitarra una atmósfera volátil y etérea verdaderamente impresionante, evocando una especie de híbrido entre el Neil Young de la banda sonora de Dead Man y el pulso eléctrico de Rory Gallagher.
La velada nos regaló momentos imborrables. La entrega total de la audiencia en “Madness”, el público arropando físicamente a los músicos en la pista y esa vibrante versión de “Ramblin’ Rose” original de Jerry Lee Lewis redondearon una noche redonda.
En definitiva, fuimos testigos de uno de los mejores directos del año en Zaragoza. Un triunfo absoluto para la mítica sala Rock and Blues Café, que no deja de nutrir de grandes propuestas internacionales a la ciudad del viento.
Recordad que hay que ir a conciertos, aunque no conozcamos a los grupos o el estilo no sea nuestro favorito. ¡Salud!
