Un paseo por una Tierra, con mayúsculas, nuestra, de todos, en la que un mañana demasiado próximo ya no quedará sitio para memes, ni niñas cruzando océanos retransmitidas en streaming. Una tierra, esta vez en minúsculas, cubierta por los océanos de la desgana y la indiferencia que todos nosotros hemos cultivado con tesón, incapaces de ponerle remedio. Mas bien al contrario, nos hemos dejado la piel con tal de conseguir asiento de primera fila en este gran espectáculo.
La visión de un futuro en el que las malas artes de la humanidad han acabado con toda vida conocida, exceptuando a unos pocos desgraciados, entre los que tu y yo nos encontramos, que deambulan a la deriva a través de un planeta destruido y cubierto por las aguas, por las lágrimas que nuestra querida Gaia derramó por nuestros crímenes.
Un viaje, como digo, mecido por las olas de una música pausada, oscura como nuestra alma, sin excesivas aceleraciones, salvo deliciosas excepciones. Pero que como las olas, nos golpea rítmicamente, suave pero sin descanso, hasta derribar a estos frágiles figurantes en los que nos hemos convertido.

«The Earth is Silent» es una breve intro que nos da la bienvenida, un ejercicio de delicadeza sonora, atrapándonos en este mar de tristeza y melancolía que no va a dejar de acompañarnos durante todo este disco.
La llamada desesperada del cuerno de los pocos desgraciados que han sobrevivido a la hecatombe, suplicando una inexistente contestación, nos adentra en el dolor hecho pentagrama.
Unas teclas de fondo, del genial David Muñoz, mezclado con las olas de este negro mar chocando contra nuestro bote a la deriva, nos recuerda que pase lo que pase, no hay vuelta atrás. Estamos merecidamente solos.
Sirenas marinas, con su canto de muerte, son las únicas criaturas que responden a nuestra llamada.
A «Dying Light» comienza con un inocente juego de guitarras soberbiamente ejecutado, y nos invita a soñar con una imposible vuelta atrás.
La voz limpia de Eduardo nos da la bienvenida al ex-paraíso que nos espera durante el resto del álbum.
Pero no tarda mucho la voz en mutar en un gutural perfecto para la ocasión, triste, vacío de rabia, lleno de dolor, ahuyentando cualquier atisbo de luz que osase acercarse a la escucha.
Esta oscuridad, rabia, dolor, o como lo quieras ver, nos va a acompañar durante todo el viaje gracias a esta característica voz de Eduardo, iluminado en contadas ocasiones por las épicas peleas de Daniel y Roberto a las guitarras, todo ello a caballo del soberbio trabajo de la sección rítmica, con Diego marcando los ritmos y Jose dejándonos líneas de bajo demoledoras, logrando ambos que la angustia que riega este disco se nos clave en el pecho sin remedio.
En la parte final del tema, un tímido coro épico quiere tomar protagonismo, intentando traer algo de claridad y luz, pero rápidamente las guitarras, acompañadas del resto del grupo, sofocan la rebelión, llevándonos a un final netamente Death, con el grupo en bloque dándolo todo.
Los teclados finales representan los últimos rayos de luz u esperanza, huyendo de nosotros
«A Cold Unnamed Fear» nos pone en nuestro sitio desde el principio.
Arrolladora, como una locomotora conducida por Diego y José, acompañado por el sector de cuerda, la banda empieza fuerte desde el principio, e incluso la voz de Eduardo se nota más cargada de ira, sabedores ellos de que están narrando la deriva de toda una podrida humanidad, el asesinato de nuestra propia Madre, la Tierra. Ella nos dio la vida, y ella ha tenido que quitárnosla, para no ser nosotros los que acabemos con ella.
El bajo de José nos golpea donde más nos duele, y Diego a los parches sacude nuestra conciencia a gusto. Eduardo, con voz limpia, toma conciencia de nuestro error, de nuestro crimen, pero ya es demasiado tarde.
Ella, nuestra Madre, se ha convertido en el agua bendita que limpie nuestros pecados, un agua milagrosa que sacie su sed, tras milenios de sequía provocada por nuestras malas artes
En este tema, todo el grupo se convierte en una apisonadora que consigue contagiarte toda la rabia y tristeza que ella siente por sus hijos.
«Orion» comienza lenta, pausada, con un juego compartido por guitarras y teclas, una letanía que busca adormecer al indefenso y asustado niño que llevamos dentro y alejarle de la dura realidad que hemos permitido.
Pero pronto la percusión llama a la puerta, sacándonos de esta ensoñación. Un punteo de guitarra nos acompaña y mece, como el ir y venir de las olas chocando contra nuestra barca a la deriva. Y no va a dejar de hacerlo durante todo el tema.
La voz limpia de Eduardo, aunque llena de tristeza, pronto torna en crudo gutural, que nos hiela el alma. Durante todo el tema se alternan ambas voces, siempre cargadas de una tristeza que hiela la sangre.
Como reza el tema, de un solo golpe, el cazador se sabe cazado, Gaia ha hablado. Solo nos queda suplicar que nos permita reunirnos con nuestros antepasados, y que así cese el dolor.
Un claro de luz en mitad de la tormenta, en el que deseamos ver algo de claridad de la mano de unas épicas guitarras, secundados por David a las teclas, pronto es engullido por la cruda realidad de una banda llevándonos a las profundidades del alma.
«When the Morning Came» es el relato perfecto del día después.
Eduardo con su voz gutural nos muestra el resultado de nuestra obra, un mundo destruido que hoy empieza de cero.
El propio título de la canción se repite a través de todo el tema, para que nunca olvidemos el resultado de nuestros actos.
Con un inicio de tema in crescendo, en el que las teclas nos mecen como olas, la batería de Diego nos trae los latidos de una nueva Gaia volviendo a nacer, arrancando de cero. Las líneas de bajo de Jose se clavan como puñales, estando muy presente a lo largo de todo el tema.
En la parte central del tema, parece que algo de claridad se vislumbra a lo lejos, un recurso ya antes utilizado, con la voz limpia de Eduardo suplicando una nueva oportunidad para la humanidad. Pero pronto la realidad nos devuelve a nuestro lugar, dejándonos claro a través de sus crudos guturales que no hay vuelta atrás posible.
El comienzo de «Monolith» es demoledor, el tema mas desarrollado del disco, y mas variado musicalmente.
Unos épicos coros nos dan la bienvenida, y la voz limpia de Eduardo nos recuerda nuestra condición de náufragos. Un frágil interludio de piano trae algo de luz y claridad, pero pronto la oscuridad nos vuelve a rodear, como lo hacen las oscuras aguas en las que navegamos sin rumbo.
Una llamada que nos invita a abandonar por fin la madre tierra, y dejar que ella siga en paz. A abandonar una vida que creíamos plena, pero que se ha demostrado vacía en el fondo. Las teclas de David juguetean con nuestros sentimientos, pero no tarda el grupo en golpearnos con toda su potencia Death, ofreciéndonos la parte mas dura de todo el disco. Una autentica apisonadora, donde todos los componentes se explayan a gusto.
En la parte final del tema, un cuerno llama a retirada, y el grupo se divierte adentrándose en una fase completamente jazzistica, en la que una voz lejana recita una letanía, que bien podría ser nuestra propia extrema unción.
«White Skies and Grey Lands» cierra el disco, y es el perfecto epitafio de esta nuestra, poca, humanidad.
Un delicado piano nos lleva hacia los lamentos llenos de rabia de Eduardo, un lamento hecho llanto, de lo que pudimos ser y en que nos hemos convertido. La rabia de nuestra perdida, y la herencia dejada de una tierra enferma y unos cielos heridos de muerte.
Un perfecto duelo entre voces limpias cargadas de dolor y guturales crudos como pocos, un ejemplo de lo que fuimos, seres efímeros.
Asistimos durante todo el tema al sepelio de todo lo conocido, de nuestra gente, de nuestra madre, la Madre Tierra. Rezos a un dios sordo y ciego, dándonos cuenta ahora de que Ella siempre había estado ahí con nosotros. Música de baile para nuestro funeral, un baile en el que la borrachera continua en la que nos hemos movido no nos ha dejado darnos cuenta de quienes eramos y quien era nuestra pareja de baile.
Jose y Diego nos llevan en volandas con su sección rítmica durante todo el tema, sin dejar que toquemos suelo, dando un final épico a un disco enorme. Perfecto final, con todo el grupo quemando los últimos cartuchos, en un desarrollo musical que es el mejor final para esta maldita fiesta que nos hemos montado.
Cantos glandilocuentes, apagados, nos despiden, con un piano de fondo que surgiendo de la nada va ganando en protagonismo, como lo hacen las olas de este negro mar que nos rodea en nuestro deambular.
Un descubrimiento para mi, como espero que también lo sea para ti, estos Sun of the Dying, que ojala tengan cuerda para mucho, mucho rato.
BANDA
David Muñoz – teclados y programación
Eduardo – voces
José Yuste – Bajo
Roberto Rayo – Guitarras
Diego Weser – Batería