En plena cuarta ola de calor del verano —aunque a estas alturas ya se sienta como una única y eterna canícula—, acudí con ilusión al cierre de temporada de la Sala Creedence. El reclamo lo merecía: el quinteto angelino The Killing Floors, una banda precedida por la reputación de poseer uno de los directos más incendiarios y solventes del panorama actual.
Bastaron los primeros compases de “The Getaway” para confirmar que la fama no es fruto del azar. La formación chicana desborda una energía puramente electrizante. Ni siquiera un imprevisto temprano, como la rotura de una cuerda de Jorge Martínez (voz y guitarra) durante el segundo tema, logró frenar el torbellino que se desataba sobre el escenario. Mientras su técnico de escenario solventaba el problema con rapidez, el resto de la banda demostró tablas y complicidad regalando una notable y fiestera versión instrumental de “Batman Theme”.
Superado el bache, el quinteto continuó desgranando su nuevo trabajo, Los Ángeles Chicano R’n’R. Su propuesta es un viaje sónico: un repertorio repleto de garage rock crudo entrelazado con una psicodelia de marcado aroma sesentero. El público, contagiado por la propuesta revival y bailable de la banda, se entregó sin reservas desde los primeros acordes.
Con un repertorio que alterna con naturalidad el inglés y el castellano, The Killing Floors desplegaron un mapa de influencias impecable. En su ADN musical resuenan con fuerza tótems como The Sonics, Question Mark and the Mysterians o The Seeds, tamizados bajo el filtro salvaje de bandas latinas fundacionales como Los Mockers y Los Saicos. Temas como “Too Far Gone”, “Need my Lovin’”, “Se fue, se fue”, “El mar de las tristezas” o “No quiero nada” sonaron con una crudeza descarnada y adictiva.
La banda funciona como un reloj de alta precisión; una maquinaria de rock and roll perfectamente engrasada donde cada músico ejecuta un rol vital.
El concierto avanzó en un crescendo de alto voltaje y decibelios, transformando la sala en una comunión perfecta de baile, distorsión y sudor. Los riffs afilados y contagiosos de guitarra, sumados a un teclado festivo y punzante, completaron una noche de purismo garagero que dejó claro por qué The Killing Floors es una apuesta ganadora sobre las tablas.
En definitiva, un broche de oro fantástico para el fin de temporada. Solo queda dar la enhorabuena a la Sala Creedence por seguir apostando, año tras año, por programaciones tan diversas y arriesgadas en favor de la música en directo.
Recordad que hay que ir a conciertos, aunque no conozcamos a los grupos o el estilo no sea nuestro favorito. ¡Salud!
