«Ambaxtos» de SALDUIE

«Ambaxtos» de SALDUIE

Arribamos al poblado a la hora en la que el sol desistía en su intento por reinar, y las primeras sombras de la noche afilaban sus colmillos en busca de carne fresca.
Los ocho ambaxtois nos salen al paso, sabedores de nuestra presencia en sus tierras mucho antes de que nosotros tuviésemos localizado el poblado.

Buenos cumplidores de las tradiciones de su pueblo, entre ritmos tribales e hipnóticos juegos corales nos hacen entrega de su particular Tesera, hoy plasmada en plástico y papel, porque los tiempos cambian, aunque la esencia perdure.
Conforme la bienvenida y el pacto de Hospitium avanzan, los guerreros comienzan a mostrar sus armas, dejando claro que sus tradiciones nos protegen, pero nunca debemos dudar de su fiereza.
Melodías llenas de epicidad y una tremenda percusión nos envuelven y arrastran por la senda que estos ocho guerreros nos van a ayudar a recorrer esta oscura noche.
El viaje ha comenzado,…

La primera historia que conocemos entorno a la hoguera es la de Retogenes, más conocido por Caraunios, un ambaxtois como nuestros ocho anfitriones.
Unas saltarinas gaitas y los demoledores tambores de guerra nos llevan a la sitiada Numancia, donde Caraunios, en forma de gutural abrasador con el que deja claro su poderío, acompañado de varios sirvientes, logra romper el cerco que les ahoga lentamente, partiendo en dirección a las ciudades vecinas en busca de la tan ansiada ayuda hacia su pueblo.
Huida hacia la vida que una potente sección rítmica adornada con un tremendo juego de voces consigue meternos en el pellejo de aquellos desesperados hombres.
Epicidad y angustia a partes iguales, coros del miedo,  mezcla de esperanza y certeza de que los pactos están para cumplirse, al menos es lo que ellos creen, porque siempre ha sido así.
Los silbidos de unos hombres sabedores de que son la única oportunidad de salvación para sus familias se clavan como dagas en la oscura noche que les ampara en su huida.
Ayudados por la dulce flauta de la diosa Ataecina logran burlar el cerco enemigo y solo el campo abierto separa a estos ambaxtois de su objetivo.

Cobijados bajo la protección de los escasos árboles que resisten en esta árida tierra, los hombres desnudan sus almas y ponen en común sus miedos y deseos, entorno a un débil fuego.
Los primeros, para asestarles el golpe de gracia y así aligerar su carga.
Los segundos, para encontrar fuerzas con las que continuar en su suicida misión.
La fuerza que les hizo emprender el viaje emana de sus familias, su sangre, y algo más sangrado todavía, su condición de ambaxtois, algo de lo que no todo el mundo puede presumir.
Melodías dulces y delicadas, porque el enemigo acecha, y coros enérgicos con los que ellos mismos tratan de infundirse valor.

Pero llegados a las puertas de la salvación para los suyos, ven con horror que aquellos que no dudaron en firmar el pacto son los primeros en romperlo.
Las melodías de flauta son testigos de la división entre los viejos y conservadores ancianos, con sus débiles y agotadas voces, y los jóvenes, defensores del pacto, con más corazón que cabeza, voz en grito, y con la energía y coraje que a los primeros les falta.
Cruce de reproches y amenazas que de nuevo podemos revivir gracias a un enorme duelo de voces, donde cada cual tiene su lugar y función.
El sonido de fondo de tropas marchando en la cercanía, avisadas por los atemorizados ancianos, acompañadas por unos compactos riffs de guitarra, anuncia la venganza del enemigo, que irrumpe sesgando jóvenes vidas, o lo que es peor, condenándolas a no poder nunca más empuñar una espada, que para ellos era la muerte en vida.
El viaje de nuestros hombres acaba escapando de una ciudad vieja que ha renunciado a su pasado y sentenciado a su futuro, en dirección a otra que agoniza sin salvación,…
La oscuridad y la tristeza de las melodías que les despiden siempre quedará grabada en su memoria.

Se rompen las gargantas al viento mentando el nombre del Rey Tagus.
Épicas melodías y alegres gaitas brotan de la misma tierra que hoy le llora, Rey temido por unos, por su sobrado valor en la batalla, y amado por el resto; heroicos estribillos a voz en grito ensalzan su figura y hasta los mismos pájaros desde las estrellas enaltecen su figura en forma de dulces y juguetonas flautillas.

Pero Asdrubal, sediento de sangre, cómete el error de, una vez derrotado Tagus, deshonrar su nombre y destrozar su ya inerte cuerpo.
La rabia y el dolor de su siervo, espectador de toda esa locura, despierta la Devotio de este hacia su jefe, plasmada en unos agresivos y sentidos guturales que encabezan unas melodías mucho más oscuras y rabiosas.
Los toque arabescos nos traen el ambiente palaciego, donde el siervo trama su venganza, sabedor de que la muerte de su rey no será la única esa noche, aunque la suya sea una de las   vidas que están cercanas a llegar al final.
Guitarras compactas y afiladas cuando se tercia y otra gran demostración de despliegue vocal nos transportan hasta la afilada daga que hiere de muerte al cruel Asdrubal, acabando con su vida y sentenciando la de su verdugo.
Los épicos coros finales nos muestran la liberación del siervo al ver cumplido su pacto de Devotio con su rey Tagus.

Melodías tristes y melancólicas que anuncian el suplicio que espera al ahora liberado siervo, que lejos de atemorizarle, infunden en su ánimo la rabia y el placer de morir por y para su rey.
Duros riffs que lastiman nuestra piel como lo hicieron los latigazos que recibió, guturales sentidos que nos adentran en la cabeza del condenado, épicos coros teñidos de dolor y sangre en los que no brilla la epicidad sino que lo hace la sangre del siervo al abandonar su destrozado cuerpo.
Destrozado el cuerpo, pero liberada la mente, sabedor de que su final es el más digno que podía desear, y mientras las voces de sus antepasados se acercan, su vida se aleja de un cuerpo ya caduco.

Un inicio triste y que huele a despedida nos adentra en la última parte de la noche, en la que las primeras luces del nuevo día comienzan a iluminar el horizonte, y el adiós se acerca.
Un adiós a la vida triste, no deseado, huérfano de gloria, para el caído lejos del combate, que las tristes notas que salen de la flauta parecen compadecer.
La voz cansada de un anciano en el ocaso de una vida plácida o trufada de enfermedades, según sea el caso, nos trasladan a la pena de ese viejo desahuciado de la vida eterna que la caída en combate asegura.
Coros en esta vez apagados, faltos de epicidad y cargados de compasión, aunque sea muy en el fondo, acompañan al anciano en su último vuelo, esta vez en forma de humo blanco procedente de su pira funeraria.
El peor de los adioses para un hombre que nació para morir en el campo de batalla, pero al que la vida le jugó una mala pasada.

La  triste flauta torna en cantarín fluir de ríos y canto de pájaros, para dar la bienvenida a Ataecina que en este caso sí se presenta ante nosotros para saldar cuentas con su fiel caído en combate.
Música sobrada de épica y ciertos toques de agresividad, la del caído por su pueblo exigiendo a su diosa la recompensa de la vida eterna.
La de la propia diosa protegiendo a quien por ella ha dado su vida.
Ritmos tribales y con sabor arabesco dan por cerrado un pacto que tan alto precio ha costado al humano, multiplicado por mil por parte de su diosa amada.

Triunfantes gaitas al alba dan la bienvenida a los buitres, emisores de los dioses, y encargados de último de los trabajos.
Potentes tambores, esta vez no de guerra, sino de victoria, acompañan a las bestias aladas durante la Descarnatio, el encuentro de los caídos con los dioses y la vida eterna, la mayor gloria para el caído en combate.
Coros festivos y llenos de vida celebran la muerte terrenal y la vida y gloria eterna.
Sus almas ascienden a los cielos entre los despojos que los propios buitres transportan en sus picos, un final deseado por cualquier guerrero en vida.
La vida eterna espera a los valientes…

El alba asoma y debemos emprender el camino, nuestros cuerpos abandonan el poblado y a nuestros ocho anfitriones, aunque parte de nuestra alma se queda junto a la hoguera, como un ambaxtois más.
Tras esta noche de pactos, muerte y devoción, los que partimos no somos los mismos que ayer nos sentamos junto al fuego, parte de nosotros se queda en el poblado, mucho de lo aprendido esta noche nunca nos abandonará, y el pacto sellado siempre será respetado, si nuestros anfitriones esta noche así lo demandan,…

Soy ambaxtos !!!

Mil perdones al lect@r si ha llegado hasta aquí, pero esto no estaba previsto.
Deberíamos habernos centrado en el fenomenal trabajo de estos paisanos, el portadón que se han currado, y que alcanza todo su esplendor sumando la contraportada, genial guiño y continuación de su anterior Viros Veramos.
Del lujo de contar con las colaboraciones de Raquel Eugenio y de Dani Nogues a las voces, y del fiera de Allue al violín.
De la currada en la documentación e investigación de la época, aunque esto creo que no les ha supuesto mucho sacrificio conociéndoles lo poco que les conozco y sabiendo de su devoción por la historia.
Del exquisito trabajo de los ocho miembros de Salduie, no quiero nombrarles a todos porque bastante tocho os he metido ya como para alargarlo más, pero creo que con las armas que tienen, como se les ocurra querer conquistar el trono, sin duda suyo será.
Un trabajo individual destinado al grupo, aportando cada uno en su faceta, consiguiendo que el resultado sea tan compacto y delicioso que seas incapaz de destacar uno solo de los ingredientes, ya que la receta es perfecta con la proporción usada de cada uno de ellos.

De todo esto y mucho más debería haber tratado esta crítica, pero lamentablemente este   aspirante a redactor cometió el error de hacerse con el trabajo físico de la banda, tocar las horas de investigación, oler los días de estudio, lamer la pintura de su portada,…
Meterse en sus letras, vivir las historias que narran, ascender a los cielos en el pico de un buitre negro y sufrir por Devotio las más inimaginables torturas.

Si quieres seguir con tu plácida vida, olvida lo leído y sigue adelante.
Si caes en la tentación, la Tesera te espera y el pacto de Devotio será de por vida…

Redacción: Carlos G. Citoler

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